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Instauro mi día. El sol y la sombra serán los testigos de promesa honda. Lo hago extensivo a quienes aprecio, las amas de casa que tanto respeto. Nunca se jubilan, no tienen descansos, van de sol a sombra invierno y verano. Hoy quiero quedarme tendida en mi lecho, que vague mi mente, estar entre sueños. No quiero me hieran espinas traviesas, palabras vacías, tropel de torpezas. Descalza, indolente, andar por mi patio y llenarme el alma de almezo y naranjo. Ver hasta el cansancio a mi viejo Árbol, que sólo hace un mes bajó su otro brazo. Que llamen a puertas en otros hogares ¿si a la mía llaman? el eco lo invade. Sólo mi persona, el diario y el mate, andaré vagando hasta que me harte. Si quiero al amigo, traeré los recuerdos, si quiero tu imagen, pensaré la tengo. Estaré rodeada sólo del silencio, no estaré aislada ¡la vida yo tengo! No quiero los ruidos del gran lavarropas, comida caliente, la plancha que estorba. La escoba, la pala quedan aguardando que éstas, mis manos, las vayan tocando. Quedaré observando a los picaflores, a la canarita, pequeños gorriones. Los tonos del verde que visten las hojas, los ladrillos duros, las baldosas rojas. Me lleno de patio, de ropa colgada en las cuerdas largas que cruzan mi casa; del sol que cansino me la va secando, ¡si hasta los palillos enhiestos yo amo! Y si tengo frío, mi abrigo de siempre, si el calor me abraza, el ropaje vuele. Así me regalo terapia gratuita y al siguiente día ¡yo tengo más vida!
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Del libro "Mujer de barrio" Primera edición año 2000 - Segunda edición Marzo de 2005
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Del libro "La mano y otros cuentos" publicado en Mayo de 2003 |
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Mónica vivió cuatro años con la mano derecha herméticamente cerrada. Habitaba una casa de seis habitaciones junto a su esposo Luis, dos hijos y Rocío, su hermana mayor viuda. Un miércoles, en las primeras horas de la mañana, Mónica buscaba la receta médica de su hermana le había dado a Luis. En ella estaba escrito el nombre del medicamento que anoche le había recetado el doctor, cuando lo consultó por un fuerte dolor de garganta y que usaría, si las gárgaras de salmuera no le surtían efecto. ¡Ella sabía que su esposo la tenía!. Al quedar sentada en el sillón, luego que se fue el facultativo, vio por el espejo de la sala, cuando su hermana Rocío se la entregaba. Se dirigió con seguridad a buscarla en la campera que Luis tenía puesta en la víspera. Al momento de encontrarla y tenerla ante sus ojos, su mano derecha se cerró.- Muchas consultas médicas, forcejeos con la sana intención de abrirla, masajes con distintas cremas, inmersión de la mano en agua a diferentes temperaturas, intervención de psicólogos, de psiquiatras, hasta llegaron a ir a una curandera. Pero nada sucedía y la mano continuaba cerrada.- Con el transcurrir de los años, el puño de Mónica fue quedando rígido y duro, mientras su cuerpo sano fue perdiendo fuerza y a medida que la mano cerrada iba tomando un color grisáceo, el semblante de Mónica fue perdiendo su rozagante color.- La sincera desesperación de Luis también iba en aumento, como también la solícita preocupación de su hermana Rocío que veía a sus sobrinos hambrientos de madre. En este ambiente angustiante, Luis conversaba con Mónica largas horas, hasta que un día la conversación pasó a ser solo un monólogo de su parte.- De aquí en más, Luis tuvo la costumbre, siempre que podía, de acercarse sigilosamente a su esposa, con la esperanza de presenciar un milagro y encontrar la mano abierta.- Una noche de invierno la encontraron muerta. Su mano derecha continuaba cerrada.- Cuando los de la funeraria depositaron su cuerpo en el cajón de roble, a uno de ellos se le resbaló la cabeza, que dio bruscamente sobre la dura madera. Por uno de esos últimos hálitos de vida no terrenales, un resorte se accionó, permitiendo que la mano se abriera. Apareció en ella una bola pequeña de papel blanco. El funcionario de la pompa fúnebre, con curiosidad la desplegó. El papel tenía formato de receta médica. Con mucha dificultad leyó: Mañana le cuento lo nuestro a Mónica.----------------------------------------------------- |
| CATA CUENTA |
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¿
Qué hace Cata ? le preguntó a
Ricardo su pequeña hija. Cata cuenta, respondió Ricardo por enésima vez
en el corto lapso de vida de
su hija y en el transcurso de su larga vida. Al instante comenzó a
exasperarse, sabedor de que todo el mundo invariablemente pasaba a
desgranar la segunda pregunta, tal cual lo hizo su hija menor en esta
oportunidad: ¿ qué cuenta
?. Estas dos preguntas
encadenadas lo sacaban de quicio y una efervescencia empezaba a bullir en
su interior. Era una cólera que le cambiaba su carácter afable y
tolerante. Igualmente respondió como siempre lo hacía: cuenta los granos
de arena de un desierto. Cata
contando.
Su sillón es de madera con nudos, acompañado de un almohadón de
raso rojo sobre el espaldar. Está siempre ubicado en el mismo lugar del
cuarto, de espaldas a una ventana desde la cual se ven álamos, cipreses y
una higuera. En él, siempre está sentada Cata.
Ricardo vive con su mujer y sus dos hijas en un apartamento con
patio, en la planta baja de un edificio. A las niñas les está prohibido
molestar a Cata. Nunca han podido traspasar la puerta entornada de su
cuarto. Un domingo, estando en el patio entregadas a juegos propios de su
edad, quisieron mirar a través
de los vidrios de la ventana, pero éstos estaban tan enmohecidos, que
nada pudieron ver. A raíz de estas circunstancias, la imaginación de
ambas voló. La niña mayor hizo suyos los granitos de arena. Supo que ya
se había formado una montaña con todo lo que había contado Cata y se la
imaginó inmensa. La niña menor en cambio, pudo experimentar el ritual de
Cata y le resultó hasta placentero. Se acostaba con los ojos cerrados y desprendía de su cuerpo, elevándola, el alma. Desde este
nuevo espacio, vivenciaba el traslado monótono de un lugar a otro de los
ínfimos granos de arena. Esta posibilidad, le permitió que un día, en
que manos anónimas dejaron entreabierta una de las hojas de la ventana,
la pequeña viera unos volados blancos flotando levemente a los pies de un
sillón, aunque la costumbre
impuesta hizo que siguiera su camino.
Al tiempo, ellas mismas se respondían al pasar por delante de la
puerta invariablemente entornada. Se miraban y una u otra o ambas a la
vez, hacían un cabeceo hacia el cuarto mientras se decían: Cata
contando. También, cuando alguien les preguntaba ¿ y Cata ?, al unísono
contestaban: Cata cuenta.
Ricardo no escapó a las experiencias relacionadas con Cata.
Algunas noches cuando está dormido, se despierta sobresaltado y sobre el
silencio imperante oye el chirriar del sillón. Inmediatamente se dice:
Cata contando y retoma apresurado el sueño. Cierta vez en que pasaba para
ir a almorzar – como
cotidianamente lo hace – por el pasillo en que está la puerta entornada
del cuarto de Cata, se extrañó de no verla. Mientras comía la manzana
de postre, pensó en preguntar por ella al primero que viera de la casa.
No le fue necesario, ya que al pasar de regreso por delante del cuarto
para irse al trabajo, allí estaba. Mientras caminaba apresurado se dijo,
que de seguro fueron los rayos del sol que se colaban por los vidrios de
la ventana, quienes borraron junto a las motitas de polvo, la figura de
Cata. Otro día en que fue atrapado por una fiebre muy alta, comenzó a
contar granos de arena pasándolos de un gran montón a otro. En un
momento se le tornó insoportable y fue ahí que comenzó a darse cuenta
de que lo que hacía Cata, era un suplicio inaguantable. Cata,
es la quinta abuela de Ricardo. A su muerte la quisieron enterrar junto a
un deseo incumplido. Le pusieron un camisón largo de satén blanco. El
que ella había deseado tener durante toda su vida. En la región se supo
y fue muy comentado, que su esposo se la olvidó en el gran caserón,
luego que hizo siete intentos por enterrarla. Siempre volvía, envuelta en
el camisón de satén blanco y se sentaba en el sillón de madera que lucía
un almohadón rojo, a contar granos de arena. Con el paso de los años se
quedó ahí sentada para siempre.
Así la fueron heredando las futuras generaciones y esta herencia
pasó a ser sagrada para todos los integrantes y descendientes de esta
familia.
Aquel primer caserón en que vivió Cata, tuvo con el devenir del
tiempo, variantes. En sus comienzos fue casa de estancia, al ir aumentando
la población en la comarca pasó a ser casa y actualmente es un
apartamento con patio, en un edificio con predio cercado y resguardado con
personal de seguridad.
Y siempre está Cata contando.
Justo hoy, Ricardo está cansado, superado por todo lo que
constantemente palpa en su comunidad y percibe en el mundo. Hizo un alto
para recogerse sobre sí mismo y trató de mirar en su corazón. No le fue
fácil, pero tras mucho tratar, comprendió que con respecto a Cata, sólo
era necesario despojarla del camisón de satén blanco. Pero, hasta que no
lo haga, Cata continuará contando granos de arena, mecida por un sillón
y un almohadón de raso como única compañía. --------------------------------------------------- |
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Del libro "Cata cuenta" publicado en Diciembre de 2004 |
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terapia gratuita y al siguiente día ¡yo tengo más vida! ¿Qué vago y me siento? ¿qué yo no hago nada? cuando esto sucede sacuden sí mi alma. La gente se olvida, pues ya pasó el tiempo, del cansancio extremo que en el alma llevo. Me miro, me toco los callos que tengo, de un portafolios que un día fue negro; que bebió la lluvia, el frío y el viento, que fue pasajero en Montevideo. ¿Qué soy egoísta? ¿qué yo ando a desgano? lo que tú no sabes es que lo he ganado. ¿Qué soy desalmada? que digan si quieren, yo lloro en el mundo por el que no tiene; trato de brindarle mi apoyo sincero y de estar ahí, si ese es su deseo. Por ello ¡sí escucho! cuando alguien me hiere, las fibras de mi alma siempre se estremecen; me duele en el hondo, me duele, me duele, pero culpa mía, ¡ella! no aparece. ¡Sé bien! cierto día me iré de entre ustedes, no podré llevarme ni perlas, ni pieles, ni ricos manjares, ni casa, ni tele, esto que te digo, lo supe de siempre. En suelo de hermanos me tengo yo sola, en cielo inefable no es como ahora. Sólo haré una cosa que es tema constante, gritarle a la perra, mas también hablarle, juntar la basura, meterla en los baldes, sacarla a la calle, saludar y entrarme. Yo con mis defectos, mi café y mi mate y una nube densa que nubla los aires. Yo soy pecadora, mas también soy madre, docente y amiga, esposa y amante. Soy ama de casa mirando al vacío, pues todos los días, ¡ahora!, son míos. Mercedes, Febrero de 2000 |
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